La historia de los Rodríguez no se escribió en capítulos separados. Fue una sola, larga y dolorosa despedida.
Primero fue uno. Después otro. Y cuando creyeron que el silencio volvería a instalarse en la casa, la tragedia tocó la puerta por tercera vez.
Glenis Patricia Rodríguez Ariza tenía apenas 18 años. Era la menor. La que aún soñaba con empezar de nuevo lejos del barrio que ya no se sentía seguro.
Sabía que su apellido pesaba y que su familia vivía con el temor constante de que la historia no hubiera terminado. Por eso se había ido a Bogotá, intentando poner distancia entre ella y el eco de lo ocurrido.
Pero el duelo pudo más que el miedo. Regresó al municipio de Soledad para despedir a su hermano Yeiner Rodríguez, quien perdió la vida el 6 de febrero. Era el segundo golpe en menos de tres meses. El 26 de noviembre de 2025, la familia ya había llorado a Keiner Rodríguez.
Dos féretros seguidos. Dos despedidas que dejaron la sala llena de flores marchitas y miradas rotas. En la misma casa donde antes se escuchaban risas, ahora solo quedaban susurros y puertas cerradas temprano.
Tras la segunda tragedia, el miedo no se fue. Según versiones conocidas en el entorno familiar, habían recibido advertencias desde hacía meses. El temor los obligó a dispersarse, a buscar refugio en casas de amigos, a cambiar rutinas. Glenis también decidió marcharse.
Sin embargo, estaba enamorada. Y pensó que quizá todo había quedado atrás. Creyó que el tiempo había apagado la persecución. Decidió quedarse unos días más.
La noche del 24 de febrero, mientras compartía con familiares en la terraza de su vivienda en el barrio Ciudad Paraíso, la calma se rompió. Hombres en motocicleta llegaron sin previo aviso. No hicieron preguntas. El estruendo interrumpió la conversación y el pánico se apoderó del lugar.
Los disparos fueron dirigidos hacia ella.
Glenis cayó ante la mirada impotente de los suyos. Fue llevada de urgencia a un centro asistencial, donde el personal médico hizo todo lo posible. Horas después, confirmaron lo que nadie quería escuchar. Tenía 18 años.
Con su partida, la historia dejó de parecer una suma de hechos aislados y tomó la forma de una tragedia que golpeó, uno a uno, a los hijos de una misma familia.

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